Esta mañana me despertó un repartidor de leche a domicilio.
Dormía profundamente cuando oí que llamaban insistentemente al timbre; me llevé un susto considerable y pensé que lo mismo se estaba incendiando el edificio, pero cuando abrí la puerta me encontré con un tipo todo vestido de blanco que, forzando una sonrisa e intentando mirarme a los ojos, me preguntó si conocía las virtudes de los principios de la soja, que unidos a los beneficios de la leche, proporcionan bienestar y garantizan una salud de hierro para mí y todos los miembros de mi familia. Esto lo entendí a la segunda, ya que tras el primer intento, y teniendo en cuenta que yo estaba aún con la mitad de mis funciones cerebrales inactivas por la proximidad del sueño, sólo acerté a decirle ¡¿qué?! Así que el tipo, que se parecía a alguien pero no conseguía recordar a quién, me miro muy rápido de arriba abajo como tres o cuatro veces, tragó saliva y, forzando aún más la sonrisa, me repitió el speech y me regaló un pack consistente en dos yogures naturales y dos mini-tetrabricks de leche con extracto de soja con su correspondiente pajita.
Yo no sabía si le tenía que dar una propina o algo, pero como no tenía monedas en los bolsillos, fundamentalmente porque no suelo llevar bolsillos en las bragas, sólo le di las gracias.
Me dispuse a desayunar justo cuando sonó el radiodespertador, por lo que supe que eran las diez en punto.
Me eché el contenido de uno de los mini-tetrabricks en los cereales transgénicos que me tomo todas las mañanas y me los comí mientras leía la interminable lista de ingredientes que necesita hoy en día la leche para saber más dulce (yo, de pequeña, le echaba azúcar) y comprobé que el producto en cuestión tenía, de soja, un 2%. No sé si en esa cantidad las isoflavonas tendrán fuerza para producir, en mí o en mi familia, el efecto que de ellas se espera. Pero estaba rica, lo reconozco.
Me tomé también uno de los yogures, pero antes de llegar a los porcentajes, algo en la radio captó mi atención. Una mujer leía un poema que, a juzgar por la descripción que se hacía de cuerpos desnudos entrelazados, sudores y clímax podría considerarse erótico, pero no fue tanto el poema lo que me llamó la atención, como la voz de la mujer, profunda, grave, penetrante, sí, sin duda, tenía que ser Mada, una ex-compi de la facul que ya por entonces manifestaba aspiraciones literarias y nos sorprendía casi cada mañana con un poema o un cuento breve. Algunos compañeros ponían excusas cuando la veían llegar al bar, cuaderno en ristre, y se marchaban alegando que tenían que ir a la biblioteca o a musculación, algunos incluso entraban a clase, pero a mí me gustaba leer las cosas que escribía, sobre todo porque me la imaginaba cada noche, con su pijama y su coca cola, luchando por encontrar la rima, la palabra adecuada o la inspiración en la luna (era cáncer y muy aficionada a la astrología, además de vegetariana)
Una vez acudimos juntas a un congreso titulado Literatura Apocalíptica y Escritura de Guión II que se celebraba en la Universidad de Alicante y lo pasamos de puta madre.
Yo sólo iba a las conferencias de Literatura Apocalíptica porque las de Escritura de Guión II presentaban los siguientes inconvenientes:
a) Yo me había perdido las conferencias de Escritura de Guión I
b) El tipo que las daba era bajito y peludo (en mi post-adolescencia frívola esto suponía para mí un inconveniente de suma importancia)
c) Siempre ponía como ejemplos a seguir las series de Antena 3, pero nunca citó a los Simpsons
d) Las conferencias daban comienzo a las nueve de la mañana
En cambio las sesiones de Literatura Apocalíptica corrían a cargo de Juan José Luna Ferreira, un artista multidisciplinar de Veracruz y dulce como un algodón de feria, que medía como poco 1’90, algo inusual en un mexicano, creo.
La última noche salimos de fiesta todos los asistentes al congreso y los organizadores, lo que incluía también a los conferenciantes.
Por aquel entonces Mada y yo estábamos completamente enamoradas y sabíamos que siempre permanecería en nuestros corazones la voz, los gestos y el espíritu de Juan José, por lo que nos propusimos, esa última noche, hacernos también con su cuerpo. Pactamos que no nos enfadaríamos si lo conseguía una en vez de la otra, ya que en nuestras cabezas, al menos por aquel entonces, no cabía la idea del menage.
Rebuscamos en nuestras maletas en busca de vestimentas que resultaran irresistibles al ojo masculino, que era el ojo que nos interesaba aquella noche.
Mada me dejó un vestido verde increíblemente poco apropiado para un congreso de literatos y ella se puso una minifalda vaquera con lentejuelas que le hacía unas piernas increíbles y le presté mi camiseta negra con letras rosas impresas en las que se leía It’s me?
Estábamos arrolladoras y borrachas de vodka cuando salimos de la habitación.
La cena era en una terraza decorada con farolillos como de la feria de abril, y estaba al ladito de la playa, pero cuando llegamos los asientos de al lado y enfrente de Juan José estaban ocupados por un grupo de zorras escandalosas, probablemente nos demoramos demasiado en el proceso de maqueado, así que no nos quedó más remedio que situarnos en una esquina de la enorme mesa alargada. Al ratito llegó Pedro Corderoy, el conferenciante de guiones, y se sentó a mi lado. Por lo visto él también tardó en arreglarse, y olía bien, lo reconozco, pero seguía igual de peludo.
Mada se partía el culo mientras Pedro Corderoy me llenaba el vaso de sangría y me preguntaba si había aprovechado el curso. Nos trajeron un montón de raciones y mientras Pedro me ponía al corriente de un cómico asunto acerca de una ducha, un amigo cántabro y su ex-mujer (la verdad es que lo contaba con gracia) levanté la vista de mi sardina y pude comprobar que Juan José me miraba. Decidí pasar al plan B sin pasar por el A y me levanté diciendo que iba al baño. Al pasar por detrás de la silla de Juan José le puse una mano en el hombro y le dije ¡hola! y él me dijo ¡hola! y entré en el lavabo. El tío que estaba dentro se puso rojo e intentó decir algo pero no le salió más que un pequeño gorjeo, supongo que se avergonzó de que le hubiera pillado sacudiéndose las últimas gotitas de pis. Salí del lavabo de caballeros y me metí en el de señoras dispuesta a no beber ni una gota de sangría más.
Me estaba echando brillo en los labios cuando entraron las dos zorras que ocupaban las sillas contiguas a la de Juan José, así que aproveché para salir corriendo y sentarme en uno de los asientos libres. Mada ya había ocupado el otro asiento libre y hablaban de lencería; Mada podía ser increíblemente rápida cuando se lo proponía. Yo contraataqué hablando de los Simpsons, y contra todo pronóstico, Simpsons parecieron ganar a lencería, porque JJ me prestó mucha atención en cuanto empecé a hablar, incluso pareció iluminarse cuando abordé el tema del jefe de la policía de Springfield y comenzó a contar una historia sobre los indios zapotecas. Yo le miraba a los ojos y asentía mientras por dentro me preguntaba qué pasaría cuando volvieran las zorras del baño, pero no pasó nada porque cuando nos vieron allí acopladas, se limitaron a mirarnos con odio y se sentaron junto a PC. Supongo que provocar un rifirrafe en una terraza nocturna, aunque tuviera farolillos, y después de un congreso de literatura les debió de parecer poco elegante.
La cena estaba llegando a su fin y nos pedimos unos tequilas. Yo estaba como loca ideando el modo de llevarme a Juan José a la playa con cualquier pretexto, cuando unas gotas de sudor, intuyo que frío, comenzaron a caerle por el rostro, después se puso blanco, se levantó corriendo improvisando precipitadamente una disculpa, y se metió en el baño. Cuando volvió y nos disponíamos a brindar, la chica que estaba sentada enfrente de mí también se levantó y se metió en el lavabo, JJ se levantó de nuevo y en un momento, todo el sector central de la mesa se había convertido en un peregrinar histérico de chicos y chicas pálidos que iban y venían desesperados y aporreaban las puertas de los baños peleándose por entrar los primeros. Creo que después llegó la policía, o a lo mejor era una ambulancia, no sé, supongo que la confusión etílica me impedía discernir.
Mada y yo nos libramos porque el cambio de posiciones en la mesa tuvo lugar después de la ensaladilla. Creo que Juan José se fue en un taxi y no le volvimos a ver. Al final acabamos tumbadas en la playa compartiendo una botella de vodka con dos poetas salidos. Creo que esa noche hubo lluvia de estrellas.
Decidí llamar a la radio y darle una sorpresa a Mada. Hacía tres años que no sabía nada de ella, desde que se fue a Mallorca, y me parecía de lo más emocionante un reencuentro de este tipo. Pensé que sería muy complicado entrar en antena, que tendría que dar mil explicaciones, pero en vez de eso me dijeron: te pasamos, y me pasaron.
Fue todo tan repentino que no supe qué decir, así que me puse a cantar La rebelión de los electrodomésticos, de Alaska y Los Pegamoides, que nos encantaba cantarla a voz en grito cuando nos metíamos en el mar, las dos veces que fuimos juntas a la playa.
Cuando acabé de cantar se produjo un silencio sepulcral, y después de unos segundos la locutora dijo: ahora mismo la cara de Alvaro sí que es un poema, ja, ja, creo que tendrás que darle alguna otra pista si quieres que te reconozca, y colgué. No era Mada, se llamaba Alvaro Riga y era un tío. Entonces me dio cagalera, y mientras me debatía en el baño entre retortijones me acordé: el lechero se parecía a Nacho Canut.
miércoles, febrero 08, 2006
jueves, noviembre 17, 2005
Este es el diario de Niña Jonás (7)
Esta mañana el radio-despertador, a las diez en punto, me despertó con Alone Again (Naturally) y no sé si se me quitaron las ganas de levantarme o de quedarme en la cama. El caso es que cuando acabó la canción me levanté, duché, desayuné y salí.
Mi intención era devolver un libro de chistes fáciles que me habían recomendado, del que leí hasta la página 27 (tenía 232) y después de lo cual decidí que sería mejor invertir mi dinero en pizza y pistachos, pero cuando llegué a la tienda me di cuenta de que me había dejado el libro en casa, así que pataleé contra el suelo con rabia, atrayendo la atención del guardia de seguridad, el cual, en vez de encontrar el hecho divertido, me miró con desconfianza.
Ya que había llegado hasta allí decidí aprovechar el viaje. Subí hasta la cuarta planta para buscar algún libro de Hunter S. Thompson, pero en las estanterías sólo tenían Miedo y asco en Las Vegas, que ya me lo he leído, así que me fui a preguntar a uno de los mostradores.
Había dos personas delante de mí; el primero, un tipo muy parecido a Harry Potter preguntó si tenían el último de Harry Potter, y el chico del mostrador le dijo que estaba agotado y que seguramente vendría el viernes. Harry Potter se fue colocándose las gafas y al parecer bastante fastidiado, porque hizo pataletas, y yo, de verdad que lo encontré gracioso, no me pareció como para desconfiar.
La chica de delante de mí preguntó por uno de Lucía Etxebarría, pero que no era el último ni Amor, curiosidad, prozac, etc. sino uno de los que sacó en medio. El chico miró en el ordenador y dijo ¿Beatriz y los cuerpos celestes? ¡ese!, dijo la chica; está en autores de habla hispana, en la “E”, dijo él, la chica dijo que había mirado en toda la “E” pero que el libro en cuestión no estaba, el chico dijo que era muy raro porque en el ordenador le salía que quedaban tres ejemplares, que preguntara a alguno de los empleados que estaban fuera de los mostradores, la chica dijo que no había encontrado a ninguno, que por eso no les había preguntado, y me fui.
Bajé a la segunda planta para ver si encontraba algún disco de Kate Wax, que es una tía que oí hace poco en una fiesta y me moló, pero nadie parecía conocerla, así que me cogí uno de Van Halen, para probar.
Antes de pagar fui a echarle un vistazo a los DVD’s y me llamaron al móvil. Era Edu, que al final se había arreglado con su novia y que si no me importaba íbamos al cine otro día.
Cuando colgué vi que un chico me miraba. ¿Te la vas a llevar?, me dijo, ¿el qué?, respondí, la peli, dijo señalando mi mano derecha. Había cogido el DVD de Willy Wonka y la fábrica de chocolate (la antigua) en el momento en que me llamó Edu, pero ni me había dado cuenta de que la tenía aún entre las manos. Es que sólo queda esa, me dijo con aire triste.
Pensé en decirle que sí, que me la iba a quedar, que llevaba mucho tiempo en busca de esa película y que era la ilusión de mi vida poseerla, aunque fuera mentira, y me hayan comentado que la peli es lenta y un coñazo, nada que ver con el libro, así que le diría que me la llevaba y luego la escondería entre los vídeos de Scorpions, sólo por joder, con alguien tenía que pagar el no poder ir al cine con Edu, y sobre todo que se hubiera arreglado con la imbécil de Sonia, que le volverá a poner los cuernos en la primera ocasión, cuando yo ya tenía medio pensado lo que me iba a poner para ir al cine, me daba igual que Edu se hubiera empeñado en ver La Guerra de los Mundos, y de repente me encontré diciéndole al chaval que sólo le estaba echando una ojeada y que se la podía quedar, supongo que me dieron pena sus ojos redondos.
El chaval pareció alegrarse muchísimo de mi decisión y al entregarle la peli me propuso ir a tomar algo a la cafetería, que él invitaba, para agradecérmelo.
Yo le dije que no era necesario, pero él insistió y yo ya no tenía prisa, así que, a pesar de que el pipiolín no tendría más de diecinueve años y la cara salpicada de granos fosforescentes, le dije que vale.
Yo me pedí un Nestea al melocotón, y él se pidió un chocolate con churros y me comunicó que se llamaba Guillermo pero que por favor no le llamara Guille, cosa que yo no había pensado hacer en ningún momento.
Guillermo era extremadamente tímido, así que supongo que para disimularlo, y mientras devoraba sus churros, no hizo más que hacerme preguntas del tipo: ¿Has probado el Nestea de limón? ¿Ese arañazo quién te lo ha hecho, tu gato? ¿Has estado alguna vez en el Festival de Benicassim? ¿Por qué te pintas las uñas de negro? ¿El pelo te lo tiñes en casa o en la peluquería? ¿Haces top-less en la playa? ¿Sabías que los tejos son venenosos? ¿Te gusta sentarte a la sombra de un buen árbol a leer un buen libro o prefieres leer un mal libro a la sombra de una sombrilla en la playa? ¿Te has masturbado alguna vez con un zapato? ¿Escribes con boli o con rotulador? ¿Caramelo duro o caramelo blando? A medida que iba formulando las preguntas los granos de su cara se hinchaban más y más, así que me tomé el Nestea de un trago, agradecí sonriente la invitación y me alejé de aquel psicópata.
Cuando salí a la calle el calor era absolutamente insoportable y decidí llamar a Lydia para ir al cine con ella. Me dijo que no podía ser y me colgó inmediatamente, creo que la pillé follando, así que me dije, pues voy yo solita, que total para ver una peli me basto y me sobro, y allá fui.
Pedí una para la cuatro y me puse en la cola, aunque sólo había cinco personas delante de mí. Enseguida se abrió la puerta de la sala y un tipo parecido a Mickey Rourke nos rompió las entradas por turnos antes de dejarnos pasar y se escondió entre las cortinas para espiarnos. Creo que nadie más que yo se dio cuenta, me pregunto si me estaré volviendo paranoica. Estaba comprobando por tercera vez si le había quitado el sonido al móvil cuando se apagaron las luces; el bulto de las cortinas se movió ligeramente.
Un hombre con túnica que afirmaba ser Jesucristo trepaba por una colina en busca de unas bayas que decía que eran el fruto de Dios. Una mujer muy guapa, con un bebé en brazos, lo miraba en su ascensión. Al parecer tenía frío, porque tiritaba. Después la escena se trasladaba a la época actual, a un barrio de una ciudad en el estado de Oregón, y era la historia de unos chicos jóvenes y problemáticos que se dedicaban a malgastar su juventud haciendo cosas malas como beber cerveza o maltratar un conejo, y todos se divertían mucho menos uno de ellos que al parecer sólo les acompañaba para no sentirse desplazado. Esto podía intuirse porque cuando le enfocaban a la cara se veía que sufría, y una mañana uno de ellos aparece en la orilla del río lleno de algas y con la cabeza destrozada, y todo el pueblo se reúne en la iglesia y se entregan a rezar compulsivamente porque dicen que el diablo tiene que andar detrás de todo esto.
Creo que fue entonces cuando me empecé a mosquear y a pensar que esto no era Los Sexoadictos. Instintivamente miré para atrás y el bulto de las cortinas había desaparecido, aunque me parecía que la tela conservaba un leve movimiento, y entonces una vocecita, como en un susurro, comenzó a decir ¿hay alguien para la sala cuatro, alguien para la sala cuatro? Yo levanté tímidamente la mano y Mickey Rourke me iluminó con su linterna. Parecía divertirse mucho mientras me acompañaba fuera y me explicaba que me había metido por error en la sala tres, que él se acababa de dar cuenta de casualidad, porque se le ocurrió echar un vistazo a los cachitos de entrada que aún conservaba. Me acompañó hasta mi sala disculpándose y riéndose a un tiempo (ya no se parecía tanto a Mickey Rourke), pero la peli había empezado hacía veinte minutos, así que preferí no entrar. Me sentía como una idiota mientras salía del cine, miré para atrás y el que ya no se parecía a Mickey Rourke me decía adiós con la manita mientras seguía descojonándose, tuve ganas de volver y darle una patada en la boca, pero en vez de eso me fui a casa para escuchar el disco de Van Halen.
Cuando llegué, la gata había devuelto sobre el sofá, así que me senté a escucharlo en el suelo y con los cascos, para que nadie me molestara.
En el cielo azul, al otro lado de la ventana, pude ver cómo una nube en forma de topo se acercaba lentamente a otra nube en forma de topo; primero se dieron un beso, después un cálido abrazo, y finalmente, fundiéndose en el éxtasis de una pasión ligera, se convirtieron en morcilla.
Mi intención era devolver un libro de chistes fáciles que me habían recomendado, del que leí hasta la página 27 (tenía 232) y después de lo cual decidí que sería mejor invertir mi dinero en pizza y pistachos, pero cuando llegué a la tienda me di cuenta de que me había dejado el libro en casa, así que pataleé contra el suelo con rabia, atrayendo la atención del guardia de seguridad, el cual, en vez de encontrar el hecho divertido, me miró con desconfianza.
Ya que había llegado hasta allí decidí aprovechar el viaje. Subí hasta la cuarta planta para buscar algún libro de Hunter S. Thompson, pero en las estanterías sólo tenían Miedo y asco en Las Vegas, que ya me lo he leído, así que me fui a preguntar a uno de los mostradores.
Había dos personas delante de mí; el primero, un tipo muy parecido a Harry Potter preguntó si tenían el último de Harry Potter, y el chico del mostrador le dijo que estaba agotado y que seguramente vendría el viernes. Harry Potter se fue colocándose las gafas y al parecer bastante fastidiado, porque hizo pataletas, y yo, de verdad que lo encontré gracioso, no me pareció como para desconfiar.
La chica de delante de mí preguntó por uno de Lucía Etxebarría, pero que no era el último ni Amor, curiosidad, prozac, etc. sino uno de los que sacó en medio. El chico miró en el ordenador y dijo ¿Beatriz y los cuerpos celestes? ¡ese!, dijo la chica; está en autores de habla hispana, en la “E”, dijo él, la chica dijo que había mirado en toda la “E” pero que el libro en cuestión no estaba, el chico dijo que era muy raro porque en el ordenador le salía que quedaban tres ejemplares, que preguntara a alguno de los empleados que estaban fuera de los mostradores, la chica dijo que no había encontrado a ninguno, que por eso no les había preguntado, y me fui.
Bajé a la segunda planta para ver si encontraba algún disco de Kate Wax, que es una tía que oí hace poco en una fiesta y me moló, pero nadie parecía conocerla, así que me cogí uno de Van Halen, para probar.
Antes de pagar fui a echarle un vistazo a los DVD’s y me llamaron al móvil. Era Edu, que al final se había arreglado con su novia y que si no me importaba íbamos al cine otro día.
Cuando colgué vi que un chico me miraba. ¿Te la vas a llevar?, me dijo, ¿el qué?, respondí, la peli, dijo señalando mi mano derecha. Había cogido el DVD de Willy Wonka y la fábrica de chocolate (la antigua) en el momento en que me llamó Edu, pero ni me había dado cuenta de que la tenía aún entre las manos. Es que sólo queda esa, me dijo con aire triste.
Pensé en decirle que sí, que me la iba a quedar, que llevaba mucho tiempo en busca de esa película y que era la ilusión de mi vida poseerla, aunque fuera mentira, y me hayan comentado que la peli es lenta y un coñazo, nada que ver con el libro, así que le diría que me la llevaba y luego la escondería entre los vídeos de Scorpions, sólo por joder, con alguien tenía que pagar el no poder ir al cine con Edu, y sobre todo que se hubiera arreglado con la imbécil de Sonia, que le volverá a poner los cuernos en la primera ocasión, cuando yo ya tenía medio pensado lo que me iba a poner para ir al cine, me daba igual que Edu se hubiera empeñado en ver La Guerra de los Mundos, y de repente me encontré diciéndole al chaval que sólo le estaba echando una ojeada y que se la podía quedar, supongo que me dieron pena sus ojos redondos.
El chaval pareció alegrarse muchísimo de mi decisión y al entregarle la peli me propuso ir a tomar algo a la cafetería, que él invitaba, para agradecérmelo.
Yo le dije que no era necesario, pero él insistió y yo ya no tenía prisa, así que, a pesar de que el pipiolín no tendría más de diecinueve años y la cara salpicada de granos fosforescentes, le dije que vale.
Yo me pedí un Nestea al melocotón, y él se pidió un chocolate con churros y me comunicó que se llamaba Guillermo pero que por favor no le llamara Guille, cosa que yo no había pensado hacer en ningún momento.
Guillermo era extremadamente tímido, así que supongo que para disimularlo, y mientras devoraba sus churros, no hizo más que hacerme preguntas del tipo: ¿Has probado el Nestea de limón? ¿Ese arañazo quién te lo ha hecho, tu gato? ¿Has estado alguna vez en el Festival de Benicassim? ¿Por qué te pintas las uñas de negro? ¿El pelo te lo tiñes en casa o en la peluquería? ¿Haces top-less en la playa? ¿Sabías que los tejos son venenosos? ¿Te gusta sentarte a la sombra de un buen árbol a leer un buen libro o prefieres leer un mal libro a la sombra de una sombrilla en la playa? ¿Te has masturbado alguna vez con un zapato? ¿Escribes con boli o con rotulador? ¿Caramelo duro o caramelo blando? A medida que iba formulando las preguntas los granos de su cara se hinchaban más y más, así que me tomé el Nestea de un trago, agradecí sonriente la invitación y me alejé de aquel psicópata.
Cuando salí a la calle el calor era absolutamente insoportable y decidí llamar a Lydia para ir al cine con ella. Me dijo que no podía ser y me colgó inmediatamente, creo que la pillé follando, así que me dije, pues voy yo solita, que total para ver una peli me basto y me sobro, y allá fui.
Pedí una para la cuatro y me puse en la cola, aunque sólo había cinco personas delante de mí. Enseguida se abrió la puerta de la sala y un tipo parecido a Mickey Rourke nos rompió las entradas por turnos antes de dejarnos pasar y se escondió entre las cortinas para espiarnos. Creo que nadie más que yo se dio cuenta, me pregunto si me estaré volviendo paranoica. Estaba comprobando por tercera vez si le había quitado el sonido al móvil cuando se apagaron las luces; el bulto de las cortinas se movió ligeramente.
Un hombre con túnica que afirmaba ser Jesucristo trepaba por una colina en busca de unas bayas que decía que eran el fruto de Dios. Una mujer muy guapa, con un bebé en brazos, lo miraba en su ascensión. Al parecer tenía frío, porque tiritaba. Después la escena se trasladaba a la época actual, a un barrio de una ciudad en el estado de Oregón, y era la historia de unos chicos jóvenes y problemáticos que se dedicaban a malgastar su juventud haciendo cosas malas como beber cerveza o maltratar un conejo, y todos se divertían mucho menos uno de ellos que al parecer sólo les acompañaba para no sentirse desplazado. Esto podía intuirse porque cuando le enfocaban a la cara se veía que sufría, y una mañana uno de ellos aparece en la orilla del río lleno de algas y con la cabeza destrozada, y todo el pueblo se reúne en la iglesia y se entregan a rezar compulsivamente porque dicen que el diablo tiene que andar detrás de todo esto.
Creo que fue entonces cuando me empecé a mosquear y a pensar que esto no era Los Sexoadictos. Instintivamente miré para atrás y el bulto de las cortinas había desaparecido, aunque me parecía que la tela conservaba un leve movimiento, y entonces una vocecita, como en un susurro, comenzó a decir ¿hay alguien para la sala cuatro, alguien para la sala cuatro? Yo levanté tímidamente la mano y Mickey Rourke me iluminó con su linterna. Parecía divertirse mucho mientras me acompañaba fuera y me explicaba que me había metido por error en la sala tres, que él se acababa de dar cuenta de casualidad, porque se le ocurrió echar un vistazo a los cachitos de entrada que aún conservaba. Me acompañó hasta mi sala disculpándose y riéndose a un tiempo (ya no se parecía tanto a Mickey Rourke), pero la peli había empezado hacía veinte minutos, así que preferí no entrar. Me sentía como una idiota mientras salía del cine, miré para atrás y el que ya no se parecía a Mickey Rourke me decía adiós con la manita mientras seguía descojonándose, tuve ganas de volver y darle una patada en la boca, pero en vez de eso me fui a casa para escuchar el disco de Van Halen.
Cuando llegué, la gata había devuelto sobre el sofá, así que me senté a escucharlo en el suelo y con los cascos, para que nadie me molestara.
En el cielo azul, al otro lado de la ventana, pude ver cómo una nube en forma de topo se acercaba lentamente a otra nube en forma de topo; primero se dieron un beso, después un cálido abrazo, y finalmente, fundiéndose en el éxtasis de una pasión ligera, se convirtieron en morcilla.
sábado, octubre 08, 2005
Este es el diario de Niña Jonás (6)
Esta mañana me he despertado mojada. Y no es porque haya tenido incontables y agitadísimos sueños de contenido explícitamente erótico (que creo que sí los tuve), sino porque ayer me quedé a dormir en el chalé de cuatro plantas de mi amiga Adriana.
El chalé en cuestión se encuentra sito en una urbanización conocida como Los Arroyuelos, a las afueras de un pueblo de la Sierra Noroeste de Madrid de cuyo nombre no consigo acordarme, quizá porque nunca lo supe.
Se celebraba el lanzamiento del número cero de Grial 5, una nueva revista que aporta frescura y elegancia no exenta de ironía, al panorama actual de las publicaciones de tendencias, y que con su carácter innovador se enfrenta con absoluta profesionalidad al mundo de la moda, el diseño y la escena artística en general, según nos explicó más tarde un señor bajito y con micrófono, que desentonaba totalmente con el resto de los asistentes al evento, y él lo sabía y sudaba.
Mi amiga Adriana, que además de ser la anfitriona era directora ad hoc de la revista, me insistió para que acudiera a la fiesta en el minibús que fletaba la organización, que sería super-divertido y una experiencia que no podía desaprovechar.
No la quise decepcionar comentándole que yo montaba a diario en autobuses de todo tipo, así que le dije que de acuerdo.
El punto de encuentro era la esquina de Princesa con Marqués de Urquijo, o sea, para entendernos, frente al Corte Inglés de Argüelles, dijo Adriana, aunque yo ya lo había entendido.
Llegué al punto de encuentro a las 22:07, y en el minibús ya había comenzado la fiesta. Sonaba Kate Wax y un tipo parecido a Janis Joplin me ofreció nada más subir, un cóctel de color azul en una coqueta copa de diseño de plástico con pajita incorporada y que para mi sorpresa no sabía a Blue Tropic.
Había unas trece personas muy variopintas y felices, todas con copas azules y gran seguridad en sus maneras y atuendos.
Una chica con una melenita rubia como las patatas tipo paja y minifalda de vuelo hacía poses subida a los asientos del minibús, y casi todos los que no tenían los móviles ocupados hablando por ellos o escribiendo mensajes los usaban para hacerle fotos. La cosa estuvo a punto de acabar en tragedia cuando el minibús arrancó y la rubia de melena tipo patatas paja cayó de culo en el pasillo con una pierna enganchada en el apoyabrazos del asiento al que se hallaba encaramada. Al final no sé si se bajó o se escondió entre los asientos, porque no la volví a ver en toda la noche. Lo que sí pude ver al día siguiente fue la foto del tanga naranja de la rubia espatarrada en elpequeñotarzan.net
Llegamos a Los Arroyuelos a las 11:39 y cuando atravesamos la verja del jardín sonaba un tema de Marilyn Manson. Me extrañó bastante porque últimamente lo más cool es hablar despectivamente del mamarracho, aunque también me he percatado de que la gente que dice odiar a MM se pirra por The Beautiful People.
Unos camareros en apariencia guapillos pasaban con bandejas ofreciéndonos nuevamente cócteles azules, y también refrescos, canapés de Mallorca y cervezas del LIDL.
En la primera planta había una pantalla de 3x2 en la que se proyectaban alternativamente fotos de edificios ultramodernos, bosques y campiñas, chicas y chicos super-fashion, comida envasada y animales.
Me acerqué a un grupo que olía a Carolina Herrera y entre cuyos componentes se encontraba Adriana. Me preguntó que qué tal en el minibús, y yo le dije que memorable y me presentó a Roberto, Marijose, Antonio, Abel y Marieta, que chocaron sus cócteles contra mi cerveza en un acto de aceptación de mi presencia y siguieron a lo suyo.
Adriana me rogó que no me olvidara de pedirle un ejemplar de la revista y me preguntó si ya había visto las instalaciones de la 3° planta, que la de Clasius C. le parecía super-divertida, pero que el vídeo de J.Sarmiento sobre platos preparados en fase de descongelación le parecía anodino y pretencioso, y además, que los vídeos de procesos ya están muy vistos, ¿no te parece?, bastante, bastante, le contesté con convicción y me fui para la 3° planta.
Al lado de la instalación de Clasius C. estaba el mismísimo Clasius C. en persona; lo supe porque una niña-mujer con diadema rosa y falda de vuelo gritaba ¡Clasius, Clasius, dos besos, mon amour! Y le plantó dos besos en las mejillas y uno en los morros.
La instalación se llamaba “Dale gracias a Dios” y consistía en unas fotos que tenías que encontrar con la ayuda de un papelito que cogías a la entrada y que ponía, por ejemplo, FOTO 1: DALE LA VUELTA AL MARCO ROJO, y tú ibas y le dabas la vuelta y allí estaba la foto 1; un perrito caniche vestido de Dior sentado en el banco de una iglesia; FOTO 2: EN EL CAJÓN DE LA MESILLA DE LA LÁMPARA, y allí estaba un chow chow disfrazado de Armani encaramado con cara de susto a un botafumeiro, y así sucesivamente, era como una ginkana.
Clasius se acercó a mí y me ofreció unos panchitos; son de cultivo ecológico, me dijo, ¡Ah, bien! contesté con entusiasmo reconozco que un tanto desmayado, y nos quedamos callados cosa de un minuto. Para romper el hielo le pregunté si siempre compraba alimentos ecológicos y me dijo que no, que sólo los panchitos, y entonces una chica con los labios muy rojos y falda azul de vuelo le tapó los ojos por detrás y preguntó, quién soy, y aproveché para subir al ático.
En las escaleras me crucé con un camarero de ojos verdes que se me quedó mirando fijamente y me preguntó si nos conocíamos. Le dije que creía que no y él no dejaba de mirarme a los ojos, parecía que quería hipnotizarme y creo que medio lo consiguió. Seguí subiendo las escaleras cuando lo que en realidad quería era seguir allí hablando con esos ojos, entonces me di la vuelta pero había desaparecido.
Para mi sorpresa en el ático no había un alma, sólo una piscina enorme y una pantalla como la de abajo, en la que se proyectaba una escena bucólica protagonizada por una pareja toda vestida de Adidas que se alejaba de espaldas cogida de la mano y se metía entre unos matorrales.
La cámara se acercaba con un zoom vertiginoso, se metía también entre los matorrales y hacía un barrido sobre la ropa de la que la parejita se había despojado: unas zapas Adidas, una capucha Adidas, unos pantalones pesqueros Adidas, bueno, todo Adidas, menos los calzoncillos que eran de Hugo Boss y las braguitas, de Tommy Hilfiger o de Locking Shocking, tengo esa duda. El caso es que la pareja se lo estaba pasando de lo lindo.
Entonces me fijé en los ojos del chico, y, no, no puede ser, ¡era él, el camarero de la escalera! No me había repuesto aún de la emoción cuando pude comprobar que la tía ¡era yo!
Entonces el camarero, que estaba detrás de mí y me dio un susto de muerte, me dio a elegir entre unos canapés o un chapuzón en la piscina, y aunque tenía hambre, me decanté por la segunda opción, y creo que elegí bien.
El jardinero me despertó a la mañana siguiente al enchufar la manguera hacia la hamaca sobre la que me había quedado dormida, supongo que sin querer. No sé si se disculpó o me insultó en polaco y me largué de allí.
Cuando por fin conseguí montarme en un autobús que me llevara de vuelta a Madrid, me di cuenta que al final había olvidado pedirle la revista a Adriana; pero, a decir verdad, me importó un carajo.
El chalé en cuestión se encuentra sito en una urbanización conocida como Los Arroyuelos, a las afueras de un pueblo de la Sierra Noroeste de Madrid de cuyo nombre no consigo acordarme, quizá porque nunca lo supe.
Se celebraba el lanzamiento del número cero de Grial 5, una nueva revista que aporta frescura y elegancia no exenta de ironía, al panorama actual de las publicaciones de tendencias, y que con su carácter innovador se enfrenta con absoluta profesionalidad al mundo de la moda, el diseño y la escena artística en general, según nos explicó más tarde un señor bajito y con micrófono, que desentonaba totalmente con el resto de los asistentes al evento, y él lo sabía y sudaba.
Mi amiga Adriana, que además de ser la anfitriona era directora ad hoc de la revista, me insistió para que acudiera a la fiesta en el minibús que fletaba la organización, que sería super-divertido y una experiencia que no podía desaprovechar.
No la quise decepcionar comentándole que yo montaba a diario en autobuses de todo tipo, así que le dije que de acuerdo.
El punto de encuentro era la esquina de Princesa con Marqués de Urquijo, o sea, para entendernos, frente al Corte Inglés de Argüelles, dijo Adriana, aunque yo ya lo había entendido.
Llegué al punto de encuentro a las 22:07, y en el minibús ya había comenzado la fiesta. Sonaba Kate Wax y un tipo parecido a Janis Joplin me ofreció nada más subir, un cóctel de color azul en una coqueta copa de diseño de plástico con pajita incorporada y que para mi sorpresa no sabía a Blue Tropic.
Había unas trece personas muy variopintas y felices, todas con copas azules y gran seguridad en sus maneras y atuendos.
Una chica con una melenita rubia como las patatas tipo paja y minifalda de vuelo hacía poses subida a los asientos del minibús, y casi todos los que no tenían los móviles ocupados hablando por ellos o escribiendo mensajes los usaban para hacerle fotos. La cosa estuvo a punto de acabar en tragedia cuando el minibús arrancó y la rubia de melena tipo patatas paja cayó de culo en el pasillo con una pierna enganchada en el apoyabrazos del asiento al que se hallaba encaramada. Al final no sé si se bajó o se escondió entre los asientos, porque no la volví a ver en toda la noche. Lo que sí pude ver al día siguiente fue la foto del tanga naranja de la rubia espatarrada en elpequeñotarzan.net
Llegamos a Los Arroyuelos a las 11:39 y cuando atravesamos la verja del jardín sonaba un tema de Marilyn Manson. Me extrañó bastante porque últimamente lo más cool es hablar despectivamente del mamarracho, aunque también me he percatado de que la gente que dice odiar a MM se pirra por The Beautiful People.
Unos camareros en apariencia guapillos pasaban con bandejas ofreciéndonos nuevamente cócteles azules, y también refrescos, canapés de Mallorca y cervezas del LIDL.
En la primera planta había una pantalla de 3x2 en la que se proyectaban alternativamente fotos de edificios ultramodernos, bosques y campiñas, chicas y chicos super-fashion, comida envasada y animales.
Me acerqué a un grupo que olía a Carolina Herrera y entre cuyos componentes se encontraba Adriana. Me preguntó que qué tal en el minibús, y yo le dije que memorable y me presentó a Roberto, Marijose, Antonio, Abel y Marieta, que chocaron sus cócteles contra mi cerveza en un acto de aceptación de mi presencia y siguieron a lo suyo.
Adriana me rogó que no me olvidara de pedirle un ejemplar de la revista y me preguntó si ya había visto las instalaciones de la 3° planta, que la de Clasius C. le parecía super-divertida, pero que el vídeo de J.Sarmiento sobre platos preparados en fase de descongelación le parecía anodino y pretencioso, y además, que los vídeos de procesos ya están muy vistos, ¿no te parece?, bastante, bastante, le contesté con convicción y me fui para la 3° planta.
Al lado de la instalación de Clasius C. estaba el mismísimo Clasius C. en persona; lo supe porque una niña-mujer con diadema rosa y falda de vuelo gritaba ¡Clasius, Clasius, dos besos, mon amour! Y le plantó dos besos en las mejillas y uno en los morros.
La instalación se llamaba “Dale gracias a Dios” y consistía en unas fotos que tenías que encontrar con la ayuda de un papelito que cogías a la entrada y que ponía, por ejemplo, FOTO 1: DALE LA VUELTA AL MARCO ROJO, y tú ibas y le dabas la vuelta y allí estaba la foto 1; un perrito caniche vestido de Dior sentado en el banco de una iglesia; FOTO 2: EN EL CAJÓN DE LA MESILLA DE LA LÁMPARA, y allí estaba un chow chow disfrazado de Armani encaramado con cara de susto a un botafumeiro, y así sucesivamente, era como una ginkana.
Clasius se acercó a mí y me ofreció unos panchitos; son de cultivo ecológico, me dijo, ¡Ah, bien! contesté con entusiasmo reconozco que un tanto desmayado, y nos quedamos callados cosa de un minuto. Para romper el hielo le pregunté si siempre compraba alimentos ecológicos y me dijo que no, que sólo los panchitos, y entonces una chica con los labios muy rojos y falda azul de vuelo le tapó los ojos por detrás y preguntó, quién soy, y aproveché para subir al ático.
En las escaleras me crucé con un camarero de ojos verdes que se me quedó mirando fijamente y me preguntó si nos conocíamos. Le dije que creía que no y él no dejaba de mirarme a los ojos, parecía que quería hipnotizarme y creo que medio lo consiguió. Seguí subiendo las escaleras cuando lo que en realidad quería era seguir allí hablando con esos ojos, entonces me di la vuelta pero había desaparecido.
Para mi sorpresa en el ático no había un alma, sólo una piscina enorme y una pantalla como la de abajo, en la que se proyectaba una escena bucólica protagonizada por una pareja toda vestida de Adidas que se alejaba de espaldas cogida de la mano y se metía entre unos matorrales.
La cámara se acercaba con un zoom vertiginoso, se metía también entre los matorrales y hacía un barrido sobre la ropa de la que la parejita se había despojado: unas zapas Adidas, una capucha Adidas, unos pantalones pesqueros Adidas, bueno, todo Adidas, menos los calzoncillos que eran de Hugo Boss y las braguitas, de Tommy Hilfiger o de Locking Shocking, tengo esa duda. El caso es que la pareja se lo estaba pasando de lo lindo.
Entonces me fijé en los ojos del chico, y, no, no puede ser, ¡era él, el camarero de la escalera! No me había repuesto aún de la emoción cuando pude comprobar que la tía ¡era yo!
Entonces el camarero, que estaba detrás de mí y me dio un susto de muerte, me dio a elegir entre unos canapés o un chapuzón en la piscina, y aunque tenía hambre, me decanté por la segunda opción, y creo que elegí bien.
El jardinero me despertó a la mañana siguiente al enchufar la manguera hacia la hamaca sobre la que me había quedado dormida, supongo que sin querer. No sé si se disculpó o me insultó en polaco y me largué de allí.
Cuando por fin conseguí montarme en un autobús que me llevara de vuelta a Madrid, me di cuenta que al final había olvidado pedirle la revista a Adriana; pero, a decir verdad, me importó un carajo.
domingo, septiembre 18, 2005
Este es el diario de Niña Jonás (5)
Este es el diario de Niña Jonás (5)
Esta mañana el radiodespertador sonó a las diez en punto, pero no lo oí hasta las 11:29, y porque sonó el teléfono. Era mi amiga Amaya, con la que había quedado a las once en la puerta del Eroski para ir a la piscina; que qué pasaba, coño, que llevaba media hora esperando en la puta calle, que no había una puta sombra y que se le estaba derritiendo el chichi de tanto calor, joder. Juzgué que estaba algo enfadada y le dije que por favor me disculpara, pero que por alguna extraña razón el radiodespertador no había sonado, se debe de haber ido la luz, le dije, pero que en diez minutos estaría allí, bueno, mejor en quince, y que si hacía mucho calor me esperara dentro del Eroski, que además tenía que comprar una cosa, y colgué.
Y es que esta noche apenas pude pegar ojo por culpa de un mosquito que, a juzgar por su insistencia pretendía dejarme seca, el muy cabrito. Si a mí no me importa que me pique, pero que lo haga en silencio, coño.
Eran las 3:42 cuando un zumbido me despertó de mi sueño.
Recuerdo que soñaba, así, a grandes rasgos, que un grupo de moscas vestidas de etiqueta discutían sobre la herencia de un familiar.
Una de las moscas, que decía ser sobrino del difunto, sostenía con locuacidad que, sin la menor sombra de duda, su querido tío deseaba fervorosamente beneficiarle en el prorrateo, ya que cuando el susodicho tío, impedido durante un periodo de tiempo indeterminado por una afección de peritonitis, había recurrido a él requiriendo su inestimable y desinteresado auxilio, así se lo había hecho saber.
Otra de las moscas estalló en carcajadas y le espetó que cómo era posible que alguien pudiera ser portador de tamaña cicatería; que el periodo indeterminado de tiempo había consistido tan sólo en día y medio de cuidados a base de sopas de pan, y que el supuesto tío ni siquiera era su tío sino tío segundo, y finalizó su exposición con un puñetazo en la mesa.
Otra mosca, mofletuda y cariacontecida, se pronunció con brevedad y apocamiento insinuando que sería preferible atenerse al protocolo, ya que creía contraproducente mantener al notario relegado al ostracismo.
Sus sugerencias cayeron en saco roto y no volvió a abrir la boca en todo el sueño.
Una de las moscas, hermana mayor del fallecido, sobrevolaba la estancia con aire circunspecto. Se posó encima de la mesa y atusándose la trompa, pareció meditar en profundidad las palabras que articuló a continuación: cuánta ingratitud. Después de ello procedió a escrutar uno a uno los rostros de sus congéneres, y en un alarde de chulería, levantó el vuelo y se dispuso a proseguir lo que quedara de reunión desde el techo.
Esta actitud, por otra parte tan característica en la hermana del finado, consiguió epatar una vez más a la congregación, por lo que decidieron hacer un alto en la junta para succionar con glotonería unas migas con chocolate.
Lo que sigue a continuación es confuso; sólo recuerdo que una de las moscas, sospechosa de participar en sucios negocios de especulación inmobiliaria, murió aplastada por la acción de un matamoscas. Entonces se armó un revuelo de ocho pares de narices; unas volaban enloquecidas de un lado para otro sin un rumbo definido, otras quedaron presas de patas en el chocolate derretido mientras el matamoscas, en su acción inexpugnable, seguía arreando golpetazos por doquier; el pánico era generalizado y debió de ser entonces cuando me desperté con el mosquito zumbando a la altura de mi oreja. Encendí la luz y estuve buscando al mosquito durante lo que estimo un tiempo aproximado de veinte minutos. Entonces por fin lo vi, posado en el marco de la puerta, y enrollando un catálogo del Eroski me acerqué a él con la intención de aplastarlo de una puta vez; pero no sé qué me pasó, no pude matarlo, me faltó valor. Y eso que el muy cabrón me miró fijamente y me hizo, con las patitas, un corte de mangas.
Hoy mismo compro el recambio del Kill Paff.
Esta mañana el radiodespertador sonó a las diez en punto, pero no lo oí hasta las 11:29, y porque sonó el teléfono. Era mi amiga Amaya, con la que había quedado a las once en la puerta del Eroski para ir a la piscina; que qué pasaba, coño, que llevaba media hora esperando en la puta calle, que no había una puta sombra y que se le estaba derritiendo el chichi de tanto calor, joder. Juzgué que estaba algo enfadada y le dije que por favor me disculpara, pero que por alguna extraña razón el radiodespertador no había sonado, se debe de haber ido la luz, le dije, pero que en diez minutos estaría allí, bueno, mejor en quince, y que si hacía mucho calor me esperara dentro del Eroski, que además tenía que comprar una cosa, y colgué.
Y es que esta noche apenas pude pegar ojo por culpa de un mosquito que, a juzgar por su insistencia pretendía dejarme seca, el muy cabrito. Si a mí no me importa que me pique, pero que lo haga en silencio, coño.
Eran las 3:42 cuando un zumbido me despertó de mi sueño.
Recuerdo que soñaba, así, a grandes rasgos, que un grupo de moscas vestidas de etiqueta discutían sobre la herencia de un familiar.
Una de las moscas, que decía ser sobrino del difunto, sostenía con locuacidad que, sin la menor sombra de duda, su querido tío deseaba fervorosamente beneficiarle en el prorrateo, ya que cuando el susodicho tío, impedido durante un periodo de tiempo indeterminado por una afección de peritonitis, había recurrido a él requiriendo su inestimable y desinteresado auxilio, así se lo había hecho saber.
Otra de las moscas estalló en carcajadas y le espetó que cómo era posible que alguien pudiera ser portador de tamaña cicatería; que el periodo indeterminado de tiempo había consistido tan sólo en día y medio de cuidados a base de sopas de pan, y que el supuesto tío ni siquiera era su tío sino tío segundo, y finalizó su exposición con un puñetazo en la mesa.
Otra mosca, mofletuda y cariacontecida, se pronunció con brevedad y apocamiento insinuando que sería preferible atenerse al protocolo, ya que creía contraproducente mantener al notario relegado al ostracismo.
Sus sugerencias cayeron en saco roto y no volvió a abrir la boca en todo el sueño.
Una de las moscas, hermana mayor del fallecido, sobrevolaba la estancia con aire circunspecto. Se posó encima de la mesa y atusándose la trompa, pareció meditar en profundidad las palabras que articuló a continuación: cuánta ingratitud. Después de ello procedió a escrutar uno a uno los rostros de sus congéneres, y en un alarde de chulería, levantó el vuelo y se dispuso a proseguir lo que quedara de reunión desde el techo.
Esta actitud, por otra parte tan característica en la hermana del finado, consiguió epatar una vez más a la congregación, por lo que decidieron hacer un alto en la junta para succionar con glotonería unas migas con chocolate.
Lo que sigue a continuación es confuso; sólo recuerdo que una de las moscas, sospechosa de participar en sucios negocios de especulación inmobiliaria, murió aplastada por la acción de un matamoscas. Entonces se armó un revuelo de ocho pares de narices; unas volaban enloquecidas de un lado para otro sin un rumbo definido, otras quedaron presas de patas en el chocolate derretido mientras el matamoscas, en su acción inexpugnable, seguía arreando golpetazos por doquier; el pánico era generalizado y debió de ser entonces cuando me desperté con el mosquito zumbando a la altura de mi oreja. Encendí la luz y estuve buscando al mosquito durante lo que estimo un tiempo aproximado de veinte minutos. Entonces por fin lo vi, posado en el marco de la puerta, y enrollando un catálogo del Eroski me acerqué a él con la intención de aplastarlo de una puta vez; pero no sé qué me pasó, no pude matarlo, me faltó valor. Y eso que el muy cabrón me miró fijamente y me hizo, con las patitas, un corte de mangas.
Hoy mismo compro el recambio del Kill Paff.
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