miércoles, diciembre 02, 2009

Este es el diario de Niña Jonás (13)

Hoy es mi cumpleaños y voy a celebrarlo por todo lo alto.
Me voy a comprar una botella de un buen cava y me lo voy a beber yo sola, la botella entera. El que quiera que me llame y yo le invito. Una botella por persona; 3 personas, 3 botellas; 20 personas, 20 botellas. Un ruido sordo y seco. Todos desplomados. Nunca me había bebido yo sola una botella entera de cava, nunca había bebido cava estando sola.
En realidad hoy no es mi cumpleaños. Es sólo una excusa para beber champán, bueno, cava, a mí me da igual, como no entiendo no encuentro la diferencia, y menos estando tan sola y tan borracha.
En realidad no estoy borracha, sólo me he bebido una cerveza, media lata de cerveza; digo que estoy borracha pero sólo es una excusa para justificar esta entrada en mi blog, en este blog que nadie lee porque a nadie le interesa lo que yo escribo, y no me extraña porque hoy todo el mundo escribe, y hacen muy bien, a mí me gusta que todo el mundo escriba; bueno en realidad me da igual que la gente escriba porque yo no lo voy a leer, sólo me voy a emborrachar con la botella de sidra El Gaitero que tengo en la nevera, y no porque me guste la sidra El Gaitero, sino por ver qué pasa si me bebo una botella de sidra que caducó en noviembre del año 1988, así lo pone en la botella: CAD: NOV 88; y me pregunto qué hace una botella de sidra El Gaitero caducada en noviembre del 88 en mi nevera, si yo en noviembre del 88 ni siquiera vivía en esta casa; es un misterio, no sé quién puede haberla metido en mi nevera, cómo es posible que hasta ayer no reparara en esa botella de sidra caducada hace más de veinte años.
Mejor no me la bebo hoy; mejor me la guardo para el día de mi cumpleaños, que es dentro de unos días, muy pocos, esta vez de verdad. A ver qué pasa, a ver si alguien me salva. A ver si ese día alguien me impide beberme esa botella. A ver si ese día, el verdadero día de mi cumpleaños no estoy tan sola.

lunes, febrero 16, 2009

Este es el diario de Niña Jonás (12)

Esta mañana tuve un despertar de lo más inesperado. Y es que hace un par de días se me estropeó el radio-despertador y me he comprado una lámpara de esas que se van iluminando poco a poco, simulando un agradable amanecer, y que te despiertan con una música zen, o con el oleaje del mar, con el piar de unos pajaritos u otros sonidos naturales. Me persuadió el dependiente de la sección Pequeño Electrodoméstico, diciendo que la lámpara en cuestión tenía un montón de efectos beneficiosos para la salud y médicamente super-probados. La verdad es que el tío me convenció enseguida, pero yo me hice de rogar y me mostré bastante indecisa haciéndole probar todos los sonidos y las intensidades lumínicas de la lámpara innumerables veces; pero no lo hacía por fastidiar, sino porque el tipo se parecía extraordinariamente a Jude Law y ocasiones así no se pueden desaprovechar. Después de cuarentaytantos minutos, y al ver que su maravillosa sonrisa comenzaba a tornarse en una mueca atrabiliaria, le comuniqué que me la llevaba y que si por favor me la podía envolver para regalo. Me miró detenidamente unos instantes, por un momento pensé que iba a insultarme o a vomitar verde, como en el exorcista; quizá recordara que ya le había comentado que la lámpara era para mí, pero en vez de atacarme me deleitó con la mejor de sus sonrisas y se fue a la otra punta de la tienda a buscar a un compañero pelirrojo y granudo al que le dijo “envuelve esta dichosa lámpara y deshazte de esa petarda”, tras lo cual me miró nuevamente y me lanzó otra de sus estúpidas sonrisas, supongo que sin sospechar que soy de lo más habilidosa leyendo los labios.
Así en la distancia me di cuenta de que tampoco se parecía tanto a Jude Law, sobre todo por la chepa y por su calvicie incipiente.
Al llegar a casa escuché de nuevo los sonidos, aunque ya me los sabía de memoria, y decidí programar la opción “Pájaros por la mañana en el bosque” para despertarme al día siguiente.
El caso es que ayer me había parecido un sonido de lo más agradable, y super-super logrado, como dijo el falso Jude (que ahora que recuerdo, ni siquiera tenía los ojos azules, el muy imbécil); de hecho temía que el sonido en cuestión no fuera en absoluto eficaz a la hora de despertarme, fundamentalmente porque duermo como una marmota.
Pero esta mañana, al despertarme sobresaltada y tras convencerme de que mi casa no había sido invadida por una colonia de estorninos, se me antojó un sonido bastante estridente, que al cabo de unos minutos se volvió insoportable.
Comencé a echar de menos mi antiguo radio-despertador y pensé que quizá sería una buena idea cambiar la función “Pájaros, etc.” por la de “Radio FM”, pero por otra parte no me decidía a hacerlo, ya que si cambio el sonido que me despierta por uno que me permite dormir hasta bien entrado el mediodía, ¿para qué coño me he gastado 149 euros en un despertador?
Para colmo, el piar de los putos pajaritos me impedía pensar con claridad, así que para amortiguar ese ruido enloquecedor me puse la almohada sobre la cara; pero los chillidos penetrantes de los pajarracos conseguían atravesar con facilidad la gruesa capa de fibras de poliéster, y lo peor de todo, con la almohada encima no podía respirar. De modo que, asfixiada, me quité la almohada de la cara y tuve la sensación de que, aprovechando la situación, alguien había cambiado a la opción “Pájaros negros gigantes huyendo de un incendio en la selva australiana”
En esto, vi dos pequeñas luces centelleantes en mitad del pasillo, y en una fracción de segundo, lo que rodeaba a esas dos pequeñas luces, o sea, mi gata, se subió de un salto a la cama y comenzó a atacar, con golpes rápidos y certeros de su pata, a la lámpara-despertador; yo la bajaba de la cama una y otra vez, sobre todo porque en varias ocasiones estuvo a punto de tirar el aparato de la mesilla, pero ella se escabullía y volvía a arrearle zarpazos a la lámpara, cada vez más enfurecida; supongo que no estaba dispuesta a cejar en su empeño hasta no conseguir su objetivo, que imagino que sería hacer salir a los dichosos pájaros virtuales de su jaula de plástico luminoso.
Una de estas veces, mientras la tenía agarrada e intentaba inútilmente hacerle comprender la situación, ella se revolvió y me propinó un zarpazo en el antebrazo, quiero creer que sin querer; yo grité de dolor y en un acto reflejo, la lancé por los aires y se quedó enganchada a la lámpara de papel del techo. Se la veía asustada mientras intentaba zafarse, y por supuesto lo consiguió, tras lo cual cayó de nuevo a la cama y salió disparada de la habitación, maullando y con restos del papel amarillo de mi lámpara entre sus garras. Supuse que se escondería en la terraza o debajo del sofá, pero me equivoqué, ya que horas después la encontré aún temblando detrás del lavavajillas.
El brazo no dejaba de sangrar (justo ayer se me ocurrió estrenar las sábanas de modal blanco que me regalaron mis tíos por Reyes), así que intenté levantarme corriendo para seguir desangrándome en el cuarto de baño; pero con la precipitación me enredé las piernas con el edredón y me di de bruces contra el marco de la puerta justo antes de, como era de esperar, caer al suelo como un saco de patatas.
Conseguí librarme a patadas de mi prisión de plumas de oca y llegué exhausta al cuarto de baño.
Conseguí detener la hemorragia del brazo, no así la de la nariz, que iba adquiriendo con una rapidez pasmosa el color, la forma y la consistencia de una berenjena pasada por el microondas.
Improvisé una compresa fría con hielo machacado envuelto en un paño de cocina y me tumbé en el sofá del salón, decidida a arrojar la lámpara y sus efectos beneficiosos al contenedor de plásticos directamente desde mi ventana en cuanto la nariz dejara de sangrar.
No sé en qué momento me quedé dormida.
Al despertar tuve una sensación extraña; lejos de sentirme irritada, y a pesar del dolor que me abrumaba, me sentía sorprendentemente reconciliada con la vida.
Los pajarillos seguían piando alegremente en mi dormitorio y todo a mi alrededor rezumaba paz y sosiego.
Pensé que todo el mundo merece una segunda oportunidad.
Mañana probaré con “Rana y pato en el estanque”.

miércoles, diciembre 27, 2006

Este es el diario de Niña Jonás (11)

Esta mañana estaba desayunando unas galletas con fibra activa de soja, un vaso de leche de soja y unos donuts, cuando a las 11:11 sonó la alarma del móvil. Era un mensaje que me recordaba dos cosas:
-1: que hoy tenía que ir al teatro a las 20:00 hs.
-y 2: que tengo que bajar el volumen de la alarma, ya que debido al susto, y por un movimiento involuntario de la mano, salió volando por los aires un trozo de donut empapado en leche de soja y se quedó pegado en el calendario de Marilyn Manson del 2003 que aún conservo colgado en el salón; ahora en la hoja del mes de diciembre podemos observar una foto de Manson vomitando sobre el micrófono.
Resulta que hace un par de semanas, me tocó en un sorteo de la radio una entrada doble para el estreno de una obra de teatro. Para participar en el concurso había que mandar un e-mail contestando a una pregunta, y para ello había que averiguar el auténtico nombre del autor del texto y a la vez director del espectáculo, ya que Filipo Córdoba, que era como firmaba su obra, era un seudónimo.
La verdad es que a mí ese nombre no me sonaba de nada, y ni siquiera estaba prestando demasiada atención a la entrevista que le estaban haciendo, pero aun así me metí rápidamente en internet para hacer las averiguaciones pertinentes y ahí apareció Filipo Córdoba; en realidad se llamaba Darío Gnuman, era natural de Tacoronte (Tenerife), y tenía bigote.
No recordaba si también había que averiguar por qué se había puesto ese mote, pero como de todos modos no lo aclaraban en ningún sitio, les envié el correo sin dejar de exponerles mis dudas al respecto: “El auténtico nombre de Filipo Córdoba es Darío Gnuman; no sé si tenía que poner también la explicación sobre el cambio de nombre pero es que no la he encontrado. Muchas gracias y un beso”
Aproveché que tenía el correo abierto para mirar los nuevos mensajes; tenía tres alertas de Google sobre Jodorowsky y un spam de Carrefour, y mientras leía acerca de las ventajas de comprar lechugas on-line, llegó un nuevo mensaje, y era de Radio 3.
Lo abrí y me decían que había ganado la entrada, que la recogiera en la taquilla del teatro media hora antes de comenzar la función, que no me preocupara, que de existir una explicación sobre el cambio de nombre probablemente sería aún más absurda que el seudónimo mismo, y que yo les había resultado absolutamente encantadora.
No tengo ni idea de cómo pudieron llegar a esa conclusión, por más que releí mi mensaje, pero aun así me sentí halagada y contenta de que por fin me haya tocado algo, por primera vez en mi vida, si exceptuamos el álbum de cromos de Orzowei que rifó la señorita Blanca unas Navidades, cuando yo todavía estaba en E.G.B., pero casi no cuenta porque hice trampas.
Ahora tenía que encontrar a alguien que quisiera venir al teatro conmigo, y como tenía que quedar algún día de estos con Sergio y darle unas fotos mías de bebé para su página web, aproveché y le llamé. Lo dejé sonar como diez veces, y cuando estaba a punto de colgar lo cogió con un “¿Sí, quién es?” como muy precipitado y le dije -¡Ay, lo siento!, te pillé follando.
-No, qué va, nena, estaba en la ducha.
-Ah, menos mal-, le dije.
-¿Menos mal por qué, nena? Yo hubiera preferido estar follando.
-Tengo entradas para el teatro, ¿te vienes?
-Claro, nena, ¿qué echan? -Reconozco que lo de “nena” me estaba descolocando un tanto, aunque casi lo prefería a lo de “pingüinita” del mes pasado.
Le comenté que tenía un montón de fotos mías de bebé, y que como no procedía llevarme una maleta el teatro, quería que me orientara un poco sobre sus preferencias; si necesitaba un retrato de cuerpo entero o sólo de la cara; yo sola, con otros bebés o en un marco familiar, blanco y negro o color, vestida o desnudita…
Me dijo que ya no hacía falta, que había estado reconsiderando el concepto de su página y que había decidido sustituir las imágenes de bebés por fotos de botellas vacías de Sprite. –Ah-, le dije, a lo cual siguieron unos segundos de silencio reflexivo que él interrumpió comentando que su charla conmigo le había sugerido nuevas ideas, y que si tenía fotos mías desnudita, pero de los dieciséis parriba, que se las podía llevar. Yo le dije que hoy me iba a resultar un tanto complicado, ya que esas las guardan mis padres en el álbum de fotos familiar, junto a las de la mili de mi hermano.
Quedamos a las 19:30 en la puerta del teatro. Yo llegué a las 19:27 y me puse a la cola. Delante de mí había dos chicas, una con el pelo muy muy corto y muy rubio y la otra con el pelo muy muy largo y muy rojo, las dos muy monas, con la piel reluciente y un poco gorditas; parecían un anuncio de Dove. Por lo visto también habían ganado las entradas en la radio, pero la del pelo largo, que es la que había participado en el sorteo, se había olvidado el DNI en casa, y la de la taquilla no le quería dar las entradas e insistía en que era imprescindible presentar el DNI, y la otra se empeñaba en presentarle el Abono Transportes y la de la taquilla repetía, como un mantra, lo de “imprescindible el DNI”, y la del pelo corto le dijo que si era gilipollas o qué, que en el Abono Transportes venía el nombre y número de DNI, y la taquillera se indignó y dijo que a ella no la insultaba ni Dios Padre, y llamó al de seguridad, que era bajito y menudo, a pesar de lo cual el traje le quedaba sorprendentemente pequeño, y gesticulaba mucho pero no se oía nada de lo que decía entre tanto griterío, y se fue y al ratito volvió con un señor con muy buena planta, que se parecía al actor joven de El cuchillo en el agua, aunque algunos años mayor, y que debía de ser el director de la sala, y entonces miró el Abono Transportes de la chica, le dio él personalmente sus entradas, y se marchó seguido del de seguridad, al que se le veía muy satisfecho por haber resuelto tan bien la situación.
La que parecía mostrarse menos satisfecha con todo este asunto era la taquillera, a juzgar por el aspecto de su mandíbula, que se mostraba tensa y apretada, la mirada de odio que les dedicó por igual al responsable de la sala y a las chicas Dove, y por el color rojo-ira que presentaba su rostro en el momento de atenderme; estuve a punto de decirle que no tenía el DNI, que si me valía el carné de la biblioteca, pero como pude observar que sobre su mesa reposaba un pisapapeles de bronce en forma de rana de la suerte, y temía que en un no entender la guasa decidiera lanzármelo a la cabeza, me abstuve de introducirme en tan ingeniosa chanza.
Sergio se retrasaba y yo salí a la puerta del teatro por si me llamaba, ya que dentro no había cobertura; me apoyé en una pared y me puse a leer el programa de la obra, que se titulaba: “¿Qué hubiera sido de mis amigos muertos?”. En ese momento apareció Filipo Córdoba visiblemente nervioso, hablando solo y con un acento extraño, como el que supongo que tendría un canario que se haya criado en Miami o viceversa. Lo reconocí aunque ya no llevaba bigote, sino una perillita rubia y unas patillas rubias y muy finas, como de hilo de nailon. Sacó un paquetito de cigarritos puros de la chaqueta y se encendió uno dándole tres caladas muy rápidas, mientras repetía que era la última vez que estrenaba en este puto país. –¡De vergüenza ajena! –dijo con indignación- tres horas para colgar las putas cortinas, y encima las han dejado asquerosamente arrugadas y ahora parecen unas cortinas de mariquita.- Le dio otras tres caladas nerviosas a su purito, y yo no sabía si tenía que contestarle, o poner cara de sorpresa o algo, pero él prosiguió comentando algo acerca de unos montones de pan rallado, y que si él había pedido 3 sacos de 50 kilos era porque necesitaba 3 sacos de 50 kilos, y que, a menos que él fuera estúpido, le parecía que no eran lo mismo 3 sacos de 50 kilos que 4 sacos de 30, y yo ahí tuve que darle la razón a Filipo, porque es verdad que no era lo mismo, y a punto estuve de decírselo pero me contuve, porque al girarse un poco vi que tenía un pinganillo colgado de la oreja izquierda, lo cual me hizo suponer que ya habría alguien dándole la razón en algún otro lugar. Entonces me vibró el bolso, y era un mensaje de Sergio que decía: “Moto rota. Bus no llega. Vemos salida. Siento nena. Srg.”
“Ok”, le contesté, y me guardé el móvil.
Filipo había dejado de hablar; ya sólo fumaba y me miraba las orejas, muy fijamente. Yo ya empezaba a temer que en un arrebato se me lanzara y me las arrancara de un mordisco, como los boxeadores, y como vi que ya estaba entrando la gente en la sala, le dije, -¡Uy, abren!-, y me metí corriendo.
Yo tenía la butaca 6 en la fila 7, y a mi derecha estaba sentado un chico con una camiseta de la selección de fútbol italiana, pero en vez de los pantalones reglamentarios llevaba unos vaqueros Meltin’ Pot con un cinturón de dibujos del Inspector Clouseau y una muñequera negra chulísima de cuero con una calavera de plata incrustada. Tenía puestas unas gafitas con montura de metal azul de Prada, y detrás unos ojos azul-verdosos que casi daban miedo de lo bonitos que eran. El pelo era muy parecido al que lleva el cantante de Ok Go, y yo ya casi me empezaba a alegrar de que Sergio no hubiera venido; pero a pesar del examen exhaustivo y casi me atrevería a decir descarado al que le estaba sometiendo, el tío no me miró ni una sola vez, ni siquiera un poquito, ni de reojo, nada de nada; sus ojos sólo iban del escenario al techo y del techo al escenario. La butaca de su derecha estaba vacía, lo que me hizo suponer que esperaba a alguien, o, lo que es mejor, que estaba solo.
Las luces se apagaron y el chaval, al que bauticé rápidamente como Damian, se quitó las gafas y se las guardó en un bolsito de tela amarilla con un dibujo de la pantera rosa, pero que en vez de ser rosa era negra; y me sorprendió mucho, no tanto el color de la pantera como el hecho de que se quitara las gafas, cuando lo que hace la gente normalmente al comenzar un espectáculo, es ponérselas.
Se abrió el telón y allí estaban las cortinas arrugadas de Filipo; es verdad que las arrugas le hacían un flaco favor a lo que era la estética del espectáculo, pero no conseguí entender qué habría querido decir con lo de “cortinas de mariquita”. Sonaron tres disparos y salieron corriendo a toda velocidad, y desde diferentes puntos del escenario, tres chicos y tres chicas vestidos con gabardina y con botas de pescador, se abalanzaron los unos contra los otros y cayeron inertes al suelo. Después sonó una especie de réquiem que poco a poco se fue transformando en una canción como hip-hopera, y uno de los chicos se levantó del suelo y empezó a rimar mientras los demás comenzaban a elevarse en el aire, y yo al principio flipé porque estaba iluminado de tal manera que casi no se veían los arneses. El espectáculo consistía más o menos en eso, cinco flotaban y uno soltaba un speech, por turnos. Después le tocó a otro de los chicos hablar, y en un determinado momento, mientras decía algo así como “las cenizas de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos muertos”, cayó una lluvia de lo que podía parecer arena pero que yo sabía que era pan rallado, y se fue acumulando en montones repartidos por todo el escenario. Yo creo que era bastante pan rallado, de hecho, llegué a pensar que si luego veía a Filipo se lo diría, para que se quedara tranquilo, claro que en ese momento no me acordaba de lo de las orejas; y en eso estaba cuando de repente, oigo a mi lado unos suspiros ahogados, y veo a Damian muy recostado en su asiento, con el bolsito amarillo en su regazo, la mano izquierda apoyada en el reposabrazos, y la derecha debajo del susodicho bolsito, y más concretamente y sin lugar a dudas, sobre su polla.
Lo flipé casi más que con lo de los arneses, y no entendía qué es lo que me estaba perdiendo yo del espectáculo, al cual, por otra parte, me costaba un gran esfuerzo prestar atención, a medida que la pantera de Damian comenzaba a agitarse entre sacudidas de ímpetu creciente, su mano izquierda se aferraba crispada al reposabrazos de mi derecha, y los suspiros se transformaban en gemidos.
Decidí pasarme al asiento vacío de mi izquierda para dejarle un poco de intimidad, y también, he de reconocer, porque temía las posibles salpicaduras sobre mi vestido nuevo en el momento culminante. Pero cuando procedía a levantarme, Damian me agarró del brazo con fuerza, y en un susurro desesperado me dijo, -Nnno, por favoor, no te vayass, oooh- y se corrió.
Y ahí me quedé, paralizada en mi butaca con la mano de un desconocido recién eyaculado y todavía jadeante agarrada a mi antebrazo, mientras cinco personajes flotaban por el techo de la antigua Olimpia al compás de Juicebox de The Strokes, en una reflexión sobre la guerra, la soledad y las videoconsolas.
En el escenario, las cortinas de mariquita de Filipo parecían cada vez más arrugadas, y yo sentía la mirada penetrante de Damian atravesándome el cuello, hasta que no pude más y me giré y me encontré con sus ojos ardientes y brillantes devorando los míos con una expresión extraña que mezclaba el triunfo y el agradecimiento. Después sacó de su bolsito las gafas de montura azul, que milagrosamente permanecían intactas, se las puso y se marchó.
Menudo… cabrón, -pensé, sin comprender muy bien qué era lo que me irritaba tanto, -qué hijo de puta integral-, proseguí cada vez más mosqueada, -¿y yo qué, capullo? ¿qué pasa conmigo, subnormal de mierda?-, y así un rato largo, puede que cinco, o veinticinco minutos, o lo que tardara en acabar el espectáculo.
Al salir de la sala comencé a recorrer el vestíbulo con la mirada, no sé si temiendo o deseando encontrarme con Damian, pero sólo vi a Sergio agitando su teléfono móvil para captar mi atención, y con una camiseta de la selección de fútbol de Francia.
–Siempre acabo quedándome con los perdedores-, dije casi sin pensar.
-¿Qué dices, chiqui?- (¡¿Chiqui?!) –Nada, nada-, le dije.
–Estás como absorta, ¿qué te pasa, te ha impactado el espectáculo?
–Sí, más o menos. ¿Nos vamos?
-Vale, chiqui. Uy, te has manchado
-Sólo es ADN-, le respondí, y fuimos a emborracharnos con el recuerdo efímero de Damian sobre mi vestido de verano.

sábado, abril 29, 2006

Este es el diario de Niña Jonás (10)

Esta mañana me desperté muy temprano. Todavía era de noche cuando me levanté, pero es que no tenía nada de sueño.
Encendí la radio y una mujer con voz de estar constipada nos advirtió a los radioyentes que era mejor que no saliéramos a la calle a no ser que fuera estrictamente necesario, ya que vientos fuertes, fríos y racheados amenazaban con provocar gran cantidad de accidentes que enumeró con precisión.
Me vestí y salí a la calle. Había viento, no recuerdo si racheado, lo que no se me olvida es que era frío de cojones.
Me metí a desayunar en El Rápido y me pedí un té con un poquito de leche y unos sobaos, ya que tenían buena pinta y en el envoltorio ponía ¡con auténtica mantequilla!
Desde una enorme pantalla de plasma sin volumen, una reportera con bufanda y gorro de lana daba una noticia a pesar de que, según pude percibir, estaban a punto de volársele las orejas.
Dos obreros con un mono blanco se daban el lote en una esquina del bar; sus porras permanecían intactas encima de la mesa; me pareció que sonaba una versión instrumental de I will survive desde algún lugar situado entre la tortilla y los chopitos.
Una mujer con un perrito amarronado comenzó a darse el lote con el tipo de la barra. El perrito parecía inquieto; supuse que el jerseicito rojo le apretaba o quizás le estaba provocando pequeñas descargas eléctricas ya que parecía 100% acrílico.
Metí un trozo de sobao en el té con leche y le di un bocado. Estaba asqueroso.
El tío de la barra seguía ocupado con la mujer del perrito, que por cierto, se parecía mogollón a Antony el de Antony and the Johnsons, así que aproveché para irme sin pagar ya que en el mismo momento en que el sobao empezaba a deshacerse misteriosamente dentro de la taza, me di cuenta de que no me había traído el monedero.
Estaba comenzando a amanecer y el viento parecía estar cobrando fuerza. Aproveché que un joven con una carpeta verde y un jersey también verde salía de un portal para colarme en él y refugiarme hasta que se calmara un poco lo que ya empezaba a parecer un huracán. Además me dolía mogollón el oído izquierdo.
Yo miraba a través del cristal cuando un montón de hojas manuscritas comenzaron a desfilar en grácil vuelo delante del portal. Detrás iba el joven de jersey verde intentando atraparlas y profiriendo lo que parecían ser insultos, ya que, aunque no podía oírle a causa del doble acristalamiento, sí fui capaz de leer en sus labios, ya que en eso soy experta y a pesar del movimiento, las palabras “jodercagoenlahostia”…”puta”…”nto de mierda”.
El chaval mostraba una gran agilidad en sus movimientos, probablemente como consecuencia de realizar algún deporte tipo volley-ball o pilates.
De pronto alguien salió del ascensor que se encontraba a mis espaldas. Era una señora bajita con un abrigo marrón de piel de marta o similar que me preguntó con voz amortiguada, ya que la prenda le ocultaba el rostro hasta el labio superior, qué hacía yo allí. Le dije que mirar mientras me invadía la extraña sensación de estar hablando con una mandarina de peluche. La mandarina se me quedó mirando unos segundos, pensé que me iba a atacar, pero en vez de eso refunfuñó algo ininteligible y salió rodando del portal.
Antes de que se cerrara la puerta volvió a entrar el chico del jersey verde con un montón de hojas descolocadas y arrugadas asomando por su carpeta. No se dio cuenta de que yo estaba allí hasta que encendió la luz, y sospecho que se dio un susto de muerte a juzgar por la retahíla de palabras malsonantes que salieron de su boca y que esta vez sí pude oír con total claridad tras la emisión angustiada de un aullido guturo-sobrenatural, y por la manera en que lanzó por los aires su carpeta desparramándose de nuevo las hojas, aunque la situación era menos grave que en la calle debido a que en el portal no había viento. Le pedí disculpas haciéndole ver que asustarle estaba lejos de mis intenciones como mujer madura que era; aún no sé por qué se me ocurrió semejante estupidez, pero creo que no se percató de mi ocurrencia; supongo que estaba demasiado ocupado intentando recuperar el aliento y tragar un poco de saliva porque sólo acertó a decir algo que no entendí, con un hilillo de voz.
Me dispuse a ayudarle a recoger las hojas, no sólo porque me pareció descortés dejarle solo en medio de semejante caos, sino porque no podía evitar imaginármelo desnudo en la ducha, quizá porque olía estupendamente a Lactovit. Enseguida me di cuenta de que tenía un ojo verde y otro marrón, y esto le hacía parecerse increíblemente a Bogüi, el perro de mi vecina, que además de tener un ojo de cada color es también pelirrojo e igual de asustadizo. Yo, a veces, cuando me los encuentro esperando el ascensor, le ladro, y él se mete lloriqueando entre las piernas de mi vecina; pero ella no se enfada, al contrario, siempre se descojona la muy capulla, no así Bogüi, que cada vez que me ve me gruñe.
De reojillo y sin que Bogüi II se diera cuenta, pues no quería parecer indiscreta, le eché una ojeada a los escritos; por el formato pude deducir que eran poemas, pero fui incapaz de entender una sola palabra; al principio lo achaqué a que estaban escritos a mano y con una letra horrible, pero enseguida pude comprobar, al prestar más atención y aprovechando el tiempo que tardó en levantarse insultando del suelo tras resbalarse con una de sus hojas, que lo que yo creía que era una letra ininteligible no era tal, sino algo así como
Waar komen we vandaan
En waar gaan weheen weer
En zo gaan we door voelbaar
Loopa loopa kopna kopna…; es decir, holandés o similar.
Yo seguía leyendo inútilmente y pensando que para ser holandés insultaba en español de maravilla, pero enseguida salí de mi ensimismamiento ya que Bogüi-II no dejaba de quejarse, supongo que era porque tenía el codo del revés. Intenté ayudarle, pero al tocarle me gruñó y me sentí un poco amenazada por su ojo verde, así que salí del portal y me interné con aire orgulloso en el frío viento de la mañana mientras pensaba que, realmente, había sido una pena no haberle podido dar la oportunidad de meterse temblando entre mis piernas.